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Edulcorantes artificiales

Se trata de sustancias que se emplean para dar sabor dulce a alimentos y bebidas, en dietas hipocalóricas o casos de diabetes. Pero, ¿presentan algún riesgo demostrado estos sustitutos del azúcar?

Desde los años 70, los edulcorantes se han convertido en un producto habitual en los hogares. Los estereotipos físicos que impone la moda por estar delgado han contribuído a facilitar su aceptación por parte de la sociedad y han encontrado su espacio en un mercado cada vez más copado por alimentos light y bajos en calorías. Son productos que, al no llevar azúcar, necesitan contar con algún componente que les proporcione el sabor dulce característico. 

Los edulcorantes están compuestos por sustancias sintéticas o artificiales tratadas químicamente, ya que en la naturaleza no pueden encontrarse en estado puro. Un aspecto que ha colocado a estos productos en el ojo del huracán porque incluso ha llegado a cuestionarse, en ocasiones, su influencia en la aparición del cáncer. Por su parte, las industrias de los edulcorantes artificiales se defienden insinuando que es una estrategia de las compañías productoras de azúcar, ya que el consumo de ésta ha disminuido en los últimos tiempos.

En la Unión Europea, los aditivos alimentarios autorizados se designan mediante un número de código, formado por la letra E y un número de tres o cuatro cifras. Bajo esta letra se encuentran los conservantes, colorantes o potenciadores del sabor que, asimismo, deben constar en las etiquetas de los productos que se compran.  

Entre todos los aditivos que se suelen añadir a los alimentos, los edulcorantes son, probablemente, los más conocidos. En el caso español, dos Reales Decretos (2002/1995, BOE del 12 de enero de 1996 y 2027/1997, BOE del 17 de enero de 1998) fijan la lista de todos los edulcorantes autorizados, así como las condiciones y alimentos en que pueden ser empleados. 

Sacarina y aspartamo 
Granulados, líquidos o en pequeños comprimidos, cómodos y fáciles de transportar, entre los edulcorantes artificiales más populares se encuentra la sacarina, hoy en día aprobada en numerosos países. Descubierta casualmente en 1878 por unos químicos, su inocuidad fue puesta en tela de juicio en los años 70 a raíz de unos experimentos realizados en Canadá donde se consideró que podía influir directamente en la aparición de cáncer de vejiga. Sin embargo, no se llegó a demostrar con certeza y a comienzos de los 90 se retiró su propuesta de prohibición por parte del gobierno de Estados Unidos. A nivel de Europa, está aprobada por el Comité Conjunto de Expertos en Aditivos Alimentarios (JECFA) de la OMS y por el Comité Científico de la Alimentación (SCF) de la Comisión Europea. 

Entre los ingredientes de los productos light o bajos en calorías es frecuente encontrar aspartamo, una combinación de dos aminoácidos que se encuentran en las proteínas, descubierta en 1965. Desde hace algún tiempo se viene utilizando en la elaboración de la Coca-Cola y la Pepsi-Cola. Tan sólo se necesita una pequeña cucharada para endulzar, porque su poder edulcorante es 200 veces mayor que el del azúcar tradicional y tan sólo aporta dos calorías. Al engordar menos, es el edulcorante químico que más recomiendan los especialistas. 

El aspartamo se transforma en el organismo en fenilalanina (un aminoácido esencial), ácido aspártico y metanol. Los dos primeros son constituyentes normales de las proteínas y en cuanto al metanol, aunque es un producto tóxico, la cantidad que se forma es muy pequeña y no supone riesgos para la salud. 

Efectos cancerígenos
Sin embargo, estudios realizados en Italia hace varios meses dieron a conocer que el aspartamo sería un agente cancerígeno multipotencial, incluso en dosis consideradas seguras por las autoridades sanitarias. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria tomó cartas en el asunto y concluyó estableciendo que, contra lo que afirmaban los investigadores, no había evidencias firmes que permitieran decir que el aspartamo sea cancerígeno en dosis de 40 miligramos/Kg. A pesar de ello, otras informaciones publicadas establecen que puede producir dolores de cabeza, amodorramiento, amnesia, molestos ópticos, hiperactividad, náuseas y reacciones alérgicas. 

Descubierto en 1937, otro edulcorante que también desató la polémica en Estados Unidos fue el ciclamato. En la década de los 70, ante la sospecha de que pudiera ser cancerígeno, se prohibió su uso en países como Estados Unidos, Japón e Inglaterra. Se utiliza fundamentalmente en bebidas carbónicas, yogures edulcorados y como edulcorante de mesa. Es unas 50 veces más dulce que el azúcar y suele emplearse combinado con la sacarina ya que endulza menos que ésta. Está permitido en España, pero no así en otros países. En realidad, el posible efecto cancerígeno no se debería al propio ciclamato, sino a un derivado de él, la ciclohexilamina, cuyo potencial cancerígeno tampoco está totalmente aclarado. El organismo humano no es capaz de transformar el ciclamato en este derivado, pero sí la flora bacteriana presente en el intestino.

Desde 1988 viene utilizándose en Estados Unidos el acesulfame de potasio  (acesulfame-K), un endulzante sin calorías 200 veces más dulce que el azúcar. Se emplea en productos de panificación, bebidas, mezclas para preparar postres y edulcorantes de mesa. Suele emplearse en combinación con otros endulzantes bajo en calorías porque mejora el sabor dulce de alimentos y bebidas. Este edulcorante no presenta ningún riesgo para la salud ya que desde el momento de su aparición ha pasado numerosas pruebas para asegurar su inocuidad, incluso puede ser utilizado por diabéticos. Su uso está aprobado en 90 países y también cuenta con la aprobación de la OMS y el Comité Científico sobre Alimentos de la Unión Europea. 

27 de agosto de 2007


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