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Locavores, sólo alimentos locales

Su filosofía se basa en consumir sólo productos locales y estacionales, cultivados en un radio máximo de unos 160 kilómetros. El objetivo es reducir el kilometraje innecesario de los productos y las consiguientes emisiones de CO2.

Sin embargo, en 2005 surgió en San Francisco (Estados Unidos) un movimiento social llamado locavore (“loca” por local y “vore” por devorador) que promueve consumir tan sólo alimentos que tengan su origen en un radio no superior a las 100 millas (160 kilómetros). La razón que justifica este planteamiento es la de combatir las emisiones de carbono a la atmósfera, evitando consumir nada más que lo estrictamente necesario. 

Con los pequeños agricultores

Sus promotores establecen que este movimiento es beneficioso para el medio ambiente - se compra, cocina y come en el ámbito de esta zona alimentaria – y también es bueno para los pequeños agricultores y las industrias agrícolas locales. Además, al comprar productos locales, la cercanía permite adquirirlos en su punto máximo de frescura, ya que no necesitan de cámaras frigoríficas ni sustancias artificiales para conservarse ni tampoco pesticidas, con lo que el sabor final también mejora. 

Sin embargo, hoy en día estamos acostumbrados a que no existan temporadas para los alimentos ni estaciones diferenciadas a la hora de adquirir los productos y este planteamiento supone un regreso a comer única y exclusivamente los productos de temporada y aún más, tan sólo aquellos que puedan cultivarse en cada región. 

A pesar de todo, el movimiento de los locavores está ayudando a educar a los consumidores sobre los beneficios nutricionales y ecológicos de la alimentación local. Lugares como las cooperativas o los agricultores de mercado son puntos en los que se puede conseguir información acerca de cuáles son los diferentes productos que se cultivan en las distintas épocas del año. 

El kilometraje de los alimentos

Hoy en día, no sólo compramos productos de otras zonas del mundo. Los productos cotidianos viajan, en ocasiones, miles de kilómetros hasta llegar a nuestra mesa, siguiendo el mismo proceso de globalización que el resto de los bienes de consumo. Un informe realizado en agosto de 2007 en Australia aseguraba que, para cuando la comida se añadida a la cesta de la compra, ya ha recorrido el mundo dos veces o bien ha cubierto un total de 70.000 kilómetros. 

Este flujo de alimentos, además de un elevado coste de combustible,  tiene grandes costes ambientales (como las emisiones de CO2). Para medir todos estos impactos, en 1991 desde la Universidad de Londres se acuñó el término food miles, esto es, los kilómetros que se calcula que han recorrido los alimentos hasta llegar al consumidor, con el fin para estimar el impacto que tienen estas importaciones en la emisión de CO2 y su consumo energético final. 

En marzo de 2007, el Reino Unido a través de un programa piloto lanzó la Carbon Reduction Label, una etiqueta de reducción de CO2. Por su parte el gobierno británico manifestó su intención de poner en marcha un plan para obligar a etiquetar los productos alimentarios a la venta. En dichas etiquetas se mostraría la cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero generadas, no sólo en el proceso de producción, sino también en el transporte de los alimentos y en la puesta a disposición del público de los productos.

 

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